CAPÍTULO II: Los Incas y la decisión
Huáscar y Atahualpa eran dos Incas que luchaban por el trono del Tahuantinsuyo. Cada uno tenía ideales distintos, pero no habían ido a la guerra aún. Tal vez por obra del destino o no, pero esto último fue de gran ayuda, puesto que una gran invasión se aproximaba desde el otro lado del mar.
Barcos enormes, caballos y muchas tropas. Los españoles empezaron su avanzada llenos de energía y determinación. Su objetivo: apoderarse de todas las tierras del Inca.
Llenos de ira y en respuesta, Huáscar, Atahualpa y el resto del imperio tomaron sus armas, montaron en sus caballos y empezaron una sangrienta guerra entre ambas naciones.
La sangre salía disparada por los aires. Los caballos caían moribundos o huían. Las voces de los hombres eran cada vez más desgarradoras.
Los españoles tenían una ventaja clara gracias a sus arcabuces y sus armaduras de metal. No obstante, Huáscar y Atahualpa eran dos hombres enormes y fuertes. Ellos solos avanzaban y aniquilaban a cualquiera que estuviera en su frente. Eran enemigos naturales, pero esa misma naturaleza los había unido en esta ocasión especial. Eran Incas y protegerían su hogar con su vida.
- ¡Señor Huáscar, tome esto!
Esta leyenda dice que un curaca llegó de la nada con un especie de pendiente entre sus manos y se lo entregó en la mano al Inca Huáscar. “Le dará todo el poder necesario para ganar esta guerra, mi señor”, dijo con angustia.
Huáscar, en pleno campo de batalla, se lo puso al cuello. Entonces, el Inca sintió verdadero poder. Tanto era este que ningún español lo podía siquiera hacer tambalear. Avanzó y avanzó, cual campeón.
De la nada, se cruzó con Atahualpa. El Inca estaba herido, pero no era de gravedad. Atahualpa se iba acercando a Huáscar para cambiar armas cuando, de un momento a otro, Huáscar vio que detrás de Atahualpa apareció la silueta de un hombre. Era grande y estaba realizando un ataque cortante con su espada en total sigilo.
Huáscar dudo. No sabía qué hacer. Lo más lógico era avisarle a Atahualpa, o empujarlo para salvarlo.
No obstante, no lo hizo.
Huáscar dejó morir a Atahualpa de la forma más ridícula posible. Después de todo, él se beneficiaría de eso a la larga. Ya no tenía un rival. Él podría ser el Sapa Inca. Solo tenía que matar a aquel hombre español. Creía tenerla fácil, pues su espada estaba atorada en el corazón del corpulento Atahualpa. No obstante, el pobre Huáscar no estaba preparado para la cruel realidad.
Con un movimiento brusco y repentino, el español sacó un arcabuz de su cinturón y le disparó cinco veces en el pecho a Huáscar, el cual cayó con un golpe seco.
Poco a poco, sentía como el poder en su alma se desvanecía y aquel hombre español, un tal Pizarro, se alzaba victorioso a su lado.
- Qué bonito collar —fue lo último que escuchó el Inca antes de morir.
Comentarios
Publicar un comentario